Re-lato de Basi (2)
- 27 mar 2017
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"EL BASI DE AHORA NO SE HACE RESPONSABLE DE LAS OPINIONES DEL BASI DE ANTES"

LOCO, PERO DE AMOR
Serían las 7 de la tarde cuando salimos de la húmeda y calurosa villa de Sta. Lucía, al sureste de la Región de Murcia, rumbo a la capital.
El coche un R-14, gris metalizado, con elevalunas eléctrico y cierre centralizado, derrapó sin piedad por la carretera secundaria levantando una nube densa de polvo del camino.
Sus ocupantes, serios y cariacontecidos, evitaban dirigirle la palabra al más joven de ellos: un muchacho de 17 años, rubio como los ángeles, ancho de espalda y piel curtida por el sol de tanto trabajar en las labores del mar.
Su viaje no era de placer, ni mucho menos; respondía a un fin ultimo y yo diría casi milagroso: rescatar de la espesa niebla el alma del muchacho, que por algún motivo inexpugnable se había perdido, quizás en alguna noche loca ( curioso el adjetivo) de sexo, drogas y rock& roll.
El viaje resultó largo y penoso, más por el estado de nuestro amigo que por el trayecto en sí, pero al fin llegaron a la capital.
Ésta, de calles amplias y bulliciosas, con extensos y verdes jardines, paseos embellecidos con altas palmeras, a ambos lados, y el sonido agradable y sereno de las olas del río rompiendo en el malecón, suscitaba en ellos una sensación contradictoria: por un lado se alegraban de estar en la capital y por otro temían el terrible vía crucis que tendría que soportar nuestro amigo para recuperar su alma perdida.
Tras dejar el R-14 en el aparcamiento, dirigieron sus pasos hacia el sanatorio mental de la capital. El único con excelentes profesionales: psicólogos, psiquiatras..., y medios técnicos en 100 Km. a la redonda.
La entrevista del primer evaluador con nuestro amigo fue corta, breve y concisa: nombre, edad sexo, estado civil y ocupación.
Al finalizar la entrevista llevaron a nuestro amigo en dirección al hall que daba al jardín, mientras formalizaban el alta de éste en el sanatorio.
Nuestro amigo, con síntomas de esquizofrenia, se sentía confuso y lleno de ira. No sabía lo que hacía allí, ni tampoco contra quién dirigir su rabia.
Las enfermeras, con su bata de color blanco marfil y su pelo en la mayoría de los casos, recogido en una coleta por encima de su sensual cuello, paseaban cogidas del brazo de los inusuales inquilinos de aquel sanatorio, por el jardín.
--- “Ocho y media”, gritó una enfermera, “hora de cenar”.
Nuestro amigo, junto con sus eventuales compañeros, subió por las escaleras hacia la habitación en la que iba a pasar unos días hasta que el puzzle que en esos momentos tenía en su cabeza encajara pieza a pieza, y los demás pacientes fueron desfilando casi marcialmente -- debido a la fuerte medicación—hacia sus lugares asignados junto a sus compañeros de jamacucos.
Una vez que hubo dejado el petate y echado un vistazo a su habitación se dirigió hacia el comedor donde le esperaban sus nuevos compañeros, que a esa hora ya casi habían terminado de cenar.
Los comentarios sobre la cena eran variados y diversos:
--- “Joder, otra vez pollo”, decía uno.
--- “A la ensalada le falta sal”, decía otra.
--- “Yo quiero unas pocas patatas más”, decía alguien por allí.
Después de cenar y de que los auxiliares y las ATS repartieran a cada cual su medicación, unos optaron por irse a la cama, a escuchar música en sus radios o, más concretamente nuestro amigo, en su mp4, y otros optaron por fumarse un cigarrillo en la sala habilitada para ello.
No todos los sanatorios disponían de una sala para que los pacientes pudieran fumar, por ello, éstos estaban agradecidos a la dirección del centro de su beneplácito con respecto al admitido vicio del cigarrito, ya que de todos es conocido que el tabaco es el mejor ansiolítico para los que padecen alguna enfermedad mental: desde la esquizofrenia hasta el trastorno bipolar de la personalidad, pasando por cualquier tipo de depresión o psicosis atípica.
Cuando llegó la hora, más o menos las 23:50, nuestro amigo sintonizó Radio 3, y se dispuso a planchar la oreja en la almohada hasta el día siguiente, escuchando su emisora de radio preferida.
Durante la fase REM nuestro amigo tuvo un sueño un tanto curioso, ya que soñó con una ATS que acababa de conocer aquella misma tarde.
A las 8 en punto nuestro amigo se despertó cegado por la luz del Sol que entraba por la ventana medio abierta de su temporal habitación.
Se desperezó y a pesar de estar en un psiquiátrico pensó: “hoy puede ser un gran día, plantéatelo así “.
Él siempre había sido muy optimista, y a pesar de estar en donde estaba y a pesar de las circunstancias tenía la intención de curarse. Su frase preferida en esos momentos era: “tienes que estar contento incluso si estuvieras en las Islas Canarias y cayeran chuzos de punta”.
Tras estas disquisiciones, y ya con los pies en el suelo, entró en el cuarto de aseo a pegarse una ducha reparadora, pues pensaba que el agua matutina limpiaba todas las telarañas que el cerebro o mejor dicho el alma, adquirían durante la noche; él decía que eran intrusos los que, aprovechando la calma nocturna, intentaban alienar a nuestro amigo.
Después de ducharse y, aprovechando que su barba estaba humedecida del agua caliente, se dispuso a afeitarse al viejo estilo, es decir, con navaja y brocha; se afeitaba así porque su piel era muy sensible y no aguantaba el paso de una maquina eléctrica de afeitar por la piel de su cara, ya que se le irritaba.
A las 8:45 estaba listo para el desayuno en el comedor del psiquiátrico: café con leche, zumo de naranja, y bollería industrial.
No era un desayuno frugal, pero tampoco sustancioso, ya que nuestro amigo solía tomar para empezar el día unas suculentas tostadas de aceite con tomate, la versión cartagenera del famoso “pan tomaca“ catalán.
Durante el desayuno se fijó en una ATS que estaba realizando su trabajo atendiendo a los distintos pacientes. Era una chica morena, no muy alta pero tampoco bajita, delgada, de suaves caderas que se adivinaban bajo su bata blanca y con una sonrisa siempre en la boca.
Mirarla un ratito y observar como desempeñaba su trabajo era un placer al que todas las mañanas no pudo resistirse nuestro amigo, mientras estuvo allí.
¿Qué hacer?, se preguntó tras el desayuno.
No había muchas alternativas ese día, así que optó por relacionarse con los otros pacientes, pues no sabía el tiempo que iba a estar internado y él no se consideraba ningún Robinsón Crusoe.
Un poco grogui y arrastrando los pies, pues la medicación de la mañana – medio orfidal, un leponex y un relajante muscular--lo dejaba un poco chafado y confundido; dirigió sus pasos hacia el jardín del recinto donde o bien podía pasear por los alrededores, ya que era muy amplio, o bien podía echarse unas partiditas al ping-pong.
Optó por la primera opción, ya que el día iba a ser largo y siempre habría tiempo para realizar otras actividades cuando los especialistas del centro psiquiátrico evaluaran a nuestro amigo, y decidieran en qué iba a ocuparse durante su estancia allí.
Mientras iba caminando por los senderos del jardín, ajeno a todo y un poco abstraído, se le acercó una muchachica de unos 34 años, él tenía 17, y con agrado lo sujetó por el brazo, le hizo un gesto indicando que siguieran andando y empezó a hablar con nuestro amigo.
Era un poco más baja que él, de ojos verdes en los que te podías perder como si estuvieras en plena selva del Amazonas; tenía una barbilla respingona muy graciosa y el pelo rojizo como recién tintado. Sus andares eran cautivadores, pues se movía como ola en el mar y su conversación, arrastraba un poco las jotas, amena.
Días más tarde supo nuestro amigo que la familia de aquella mujer, y por ende ella misma, procedía del Sur de Francia, donde sus abuelos habían tenido que emigrar, pues el golpe de estado del general Franco les había pillado en zona republicana.
Nuestro amigo decía con sorna que sólo gracias a la madurez del pueblo español y de la apertura que supuso observar como tranquilamente las bellas rubias suecas se bañaban en nuestras, entonces y ahora, magníficas playas, se pudo tras la dictadura pasar a una transición magníficamente conducida por nuestro actual Rey—Juan Carlos I— que algunos vaticinaban “el breve “ y que sólo gracias a la historia reciente, tras el golpe del 23-F, ha puesto en su lugar.
La muchachica hablaba francés, pues era el idioma en el que se había educado, y a trompicones el castellano, pues su familia lo hablaba en el calor del hogar. Ella recordaba perfectamente los cuentos que primero su abuelo, y tras la trágica muerte de éste, su madre, le contaban de pequeña junto a la chimenea de su casa.
Nuestro amigo disfrutaba oyendo hablar a la muchachica e incluso aprendió, siempre ella cogiéndolo del brazo mientras paseaban, a decir un par de frases en francés que nunca, nunca olvidaría durante el resto de su vida:
---- “¿Coment a llez-vous?”
---- “Très bien, très bien.”
---- “Ca va, ca va.”
--- “Ne me quitte pas.”
Así, pasaban y pasaban los días: un lunes, un martes, tras el martes, un nuevo miércoles y así semana tras semana.
El psiquiatra, la psicóloga y todo el equipo evaluador seguían valorando a nuestro amigo pero ninguno de ellos sabía con precisión por qué vericuetos estaba nuestro amigo como estaba.
Él seguía todas las mañanas fiel a la cita con su “francesita”, así la llamaba nuestro amigo, y realmente su presencia, su calor y su conversación lo hacían feliz. Hablaban de todo: de la vida que ella había llevado ( tenía una hija de tres años y un noviete al que no veía desde hace dos), de los avatares existenciales de nuestro amigo, que aunque joven, los había sufrido; de literatura – a ambos les gustaba Eduardo Mendonza y sus historias ambientadas en la Barcelona, tanto actual como de principios de siglo, e Isabel Allende con su prosa mágica que desarrolló con tanto estilo en su libro, que ambos habían leído “ La casa de los espíritus”; de música: A los dos le gustaban los cantautores tanto clásicos como Aute y Serrat, como modernos, “ Fito y los Fitipaldis” que aunque no era un cantautor al uso lo consideraban un trovador moderno al igual que “ al Sabina ,como dice él mismo, ese que canta.
Una noche tras escuchar en Radio 3 a Juan de Pablo y su programa “Los Elefantes sueñan con la Música “en vez de irse cada uno hacia su habitación, – como hacían siempre tras despedirse hasta la mañana siguiente ---, decidieron, con tan sólo una mirada, quedarse un ratito más hablando de cómo se encontraban tras cuatro semanas y media en el psiquiátrico.
Nuestro amigo le comentó con sinceridad que lo mejor que le había pasado en su vida era haberla conocido; que ni la medicación, que le había ido bien, ni las terapias, que también, le habían ayudado tanto como su comprensión y sus charlas matutinas. Que tenía ganas de que le dieran el alta, porque estaba mejor, pero tenía miedo a perderla y a no verla nunca más. Que su ilusión todas las mañanas para levantarse era ella y la esperanza de que todos los días se vieran le servía de acicate para afrontar un nuevo día, con ella, mejor que el anterior.
Ella también se sinceró y le dijo que aunque joven, le había parecido un muchacho muy maduro para su edad; que para ella su compañía había sido como un bálsamo revitalizante; que en Barcelona estaba su hija, que vivía ahora con sus abuelos y que en cuanto encontrara de nuevo un trabajo estable – la habían echado del último, un claro despido improcedente, por su trastorno bipolar--podría irse a vivir con ella.
A ella se le escaparon unas lágrimas de emoción, y él, cariñosamente la abrazó, como se abrazan dos amantes que se juran fidelidad eternamente.
Del abrazo a una caricia, de una caricia a un beso y del beso a otro beso, hasta que de nuevo se volvieron locos, pero esta vez, y las que siguieron locos de amor.
Cogidos de la mano y sudorosos se encaminaron con complicidad y un poco asustados hacia el jardín del psiquiátrico pues conocían un paraje idóneo para sus intenciones.
Estaba un poco oscuro pues el jardín no estaba iluminado y la luna tampoco ayudaba mucho, ya que era luna moruna; así que a trompicones y sin dejar de besarse siguieron casi instintivamente, pues conocían los senderos del jardín como la palma de sus manos, hasta llegar al deseado paraje donde él con cariño tumbó a ella sobre el césped mullido y, a esa hora de la noche, con un poco de escarcha que con el calor y el ímpetu de los dos cuerpos abrazados se fue derritiendo poco a poco.
Así, ella, que era más experta en esas lides, se puso sobre él y con suavidad y como dos ciegos a tientas empezó a despojarlo de su camiseta besándose ambos al mismo tiempo; él, besando los suaves, pequeños y almibarados pechos de ella; y ella acariciando el torso de él y sin dejar de besarlo en la oreja, ya que sabía, se lo había dicho él, que era una zona de sumo placer para nuestro amigo.
Apasionadamente y dejándose llevar hicieron el amor lenta, muy lentamente, intentando él ir al mismo ritmo que ella para llegar juntos a un orgasmo que a ellos les pareció cósmico, pues ninguna fuerza de la naturaleza se había conjurado nunca antes como en esa noche y ante ese orgasmo.
A la mañana siguiente, nuestro amigo tenía cita con sus evaluadores.
Ninguno de ellos se podía explicar el cambio en el rictus de nuestro amigo. Se le veía radiante y contento, e incluso se rió ante un comentario de la psicóloga.
El no quería decir abiertamente a qué se debía que las “telarañas de su cabeza“ hubieran desaparecido así, tan de repente, pero algo adivinaban, y es que la fuerza del amor todo lo puede.
DEDICADO A MIS PADRES Y HERMANOS POR ENSEÑARME EL CAMINO.
















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