RE-LATOS DE BASI(4) "DIAGNÓSTICO: CUANTITIS"
- 2 may 2017
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Andaba por la ciudad y solo percibía precios: quince euros, unos zapatos cómodos; Ocho con cincuenta, un menú en un bar cercano; veintidós euros, un libro interesante de un autor contemporáneo; un euro, una caña en una terraza céntrica; uno con veinte, el autobús para ir del extrarradio al centro de la ciudad; treinta euros, unos jeans a la moda; siete con cincuenta, una peli chula de superhéroes…Por donde pasaba y paseaba había cientos y cientos de precios en los que fijarme. Y para mí era un gozo, una alegría, un éxtasis.
Hablaba con mis amigos y solo hablaba de precios:
--“¿Qué te costaron esos tenis?”—Pregunté con curiosidad a mi amigo--. “Pues cuarenta y cinco euros en las rebajas”, contestó con amabilidad.
--“¿Y esas gafas de sol?”—Continué por seguir la conversación--. “Las compré por internet y me costaron setenta y cinco euros”; “baratas, porque estaban de saldo según ponía en el portal que las vendía”.
Como la conversación se estaba poniendo interesante intenté sonsacarle:
--“Oye ¿sigues teniendo esa casa en la sierra, al lado del río, cerca deesa urbanización nueva donde vive José?” “Sí, ¿por qué lo dices?” “No, por saber cuánto te costó”, --contesté como si no fuera conmigo--. Como había cierta confianza, me confesó: “ciento cincuenta mil euros sin I.V.A”.
Con mi chica las conversaciones discurrían por idéntico camino:
“¿Vamos al cine esta tarde?” Me preguntó esa misma tarde creyendo saber de antemano mi respuesta. “¿Cuánto vale?” Le pregunté yo seguidamente. No se esperaba esa pregunta. “Pues lo de siempre”, me contestó ella un tanto airada. “Cuatro con noventa con la oferta esa de ir antes de los quince días desde la fecha de la última vez que estuvimos”. “Muy caro” atajé yo. Su mirada, al desairarla, por poco me fulmina. “Bueno pues vamos a cenar al chino de la esquina, propuso ella, sin desanimarse tras la primera negativa”. “¿Cuánto vale?”, volví a preguntar yo. “Hay que ver cómo estás hoy, cari”. “Según el menú que nos apetezca”. “Pero ¿cuánto?”, insistí yo. “Ay, no sé seis euros por persona, ya sabes”. “Muy caro”, volví a replicar yo. Su mirada otra vez mostraba desagrado. Nunca había tenido que proponerme un plan dos veces. Se estaba mosqueando, lo notaba en su tono al hablar. Sí, mi chica tiene mala leche. Pero a mí me pone, entre otras cosas, su carácter. “Está bien cariño, hoy desde luego estás imposible; nos vamos para el centro comercial”, propuso conciliadora “¿Qué vale?”, le espeté yo tozudamente. “¡Dinero y palabras!”, me contestó casi fuera de sí, arrastrándome del brazo con intención de ir hacia la parada del autobús.
Durante el trayecto no cruzamos palabra. Ella atenta a la gente que paseaba por las aceras y yo mirando de soslayo a una rubia bien vestida y con el pelo recogido en un moño, y unos pendientes de perlas que adornaban sus orejas, sentada en el asiento de delante que charlaba animosamente con un tipo calvo y grasiento que le sonreía, y de vez en cuando miraba el móvil despreocupadamente.
Así, imaginando donde podrían ir y qué nexo les unía, pasó la media hora que tardó el autobús en llegar desde el centro de la ciudad hasta el polígono donde se encontraba el maremágnum de tiendas de todo tipo y condición donde íbamos a pasar la tarde.
Conforme nos íbamos adentrando en el enorme centro comercial mis sentidos se dispararon: mi olfato empezó a captar diversos olores, entre ellos dos que pude reconocer al instante: el de palomitas azucaradas a tres euros y medio el cartucho, y el del grasiento olor de las patatas fritas del menú Big Mac a dos noventa y nueve euros, pero solo los jueves. Mi chica se empeñó en pasar por una tienda de perfumes y mi olfato perdió el sentido. Hugo Boss Bottle a cincuenta y cinco euros los 100 mililitros. Calvin Klein a setenta y tres euros la botellita de 75 mililitros, Titto Bluni un disparate la botellita pequeña,y así suma y sigue. Mi olfato acababa de entrar y salir de una bacanal, de una orgía de olores, de una parranda olfativa. Y salió satisfecho. Seguimos el paseo y apenas me recompuse, pues los precios entraban por todos los poros de mi piel,se me alertó el sentido del gusto pues una moza que no llegaba a la veintena con delantal, y toda vestida de negro nos ofreció probar un pequeño pincho obsequio de la terraza que quería promocionar. “¿Cuánto es?” Pregunté antes de caer en la tentación y echarme a la boca tan sugerente bocado. La chica me sonrió antes de contestarme; contestación que no pude oír pues mi chica mosqueada ya por tanto “¿cuánto es?” me apretó la mano de tal manera que solo tuve atención para mirarla a ella a la cara y seguir mi camino. “Mierda”, pensé para mis adentros, dos manos, dos pinchos; se me acaban de escapar tres euros a razón de euro y medio el pincho.
Sin más dilación y sin recrearme en mi desdicha continuamos ahora hacia la tienda de discos donde obviamente mi oído quería su festival de verano. Prince, David Bowie, Amy Whinehouse, Michael Jackson, todos en oferta por prontas exequias de sus fans repartidos por todo el mundo que, como yo, no nos podríamos gastar el dinero…Qué digo gastar dinero. ¡Sacrilegio! Me compraría un disco de Whitney Houston; me acerco a la dependienta. Dudo. “¿Cuánto es este disco?”, pregunto. Antes de que la dependienta me conteste doy media vuelta y la dejo con la palabra en la boca. Maldita sea, he estado a punto de picar. No puede ser. Este sitio no me gusta. Es un océano de tentaciones. Cojo a mi chica y me dirijo a coger otra vez el autobús para volver a la ciudad de donde no tendríamos que haber salido nunca. Mi chica cabreada no entiende nada. Me mira y no entiende nada. Salimos escopeteados del centro comercial, subimos al autobús y otra vezmedia hora hasta la ciudad. El trayecto se me hace mucho más largo que la ida porque no decimos ni “mu”; yo sumido en mis pensamientos y mi chica con cara de pocos amigos. Si le cojo la mano es capaz de armármela en medio del autobús. ¿Se la cojo o no se la cojo? Opto por cogérsela. Me mira y me sonríe y me acaricia la mano en señal de conciliación. Estoy a punto de preguntarle “¿cuánto es?”, pero me contengo porque las consecuencias pueden ser desastrosas. Imprevisibles, diría yo. En ese momento me doy cuenta de que tengo un problema. ¿Estaré enfermo de “cuantitis”? Dicen que lo primero que hay que hacer para curarse, (en el supuesto de que lo mío fuera una enfermedad), es reconocer que tienes un problema. ¿Pero dónde iría a tratarme? Al Ministerio de Economía, a la Castellana o al bufete Mossack Fonseca. Joder, ¿dónde tendría cura para lo mío?
FINAL I: Bajamos del autobús y nos adentramos por las callejuelas del centro de la ciudad. De repente pasamos por una tienda de segunda mano y me quedo anonadado ante el escaparate. Todo al veinte, al treinta incluso a mitad de precio. Aprieto fuerte la mano de mi chica,y con decisión entro y me doy cuenta de que…lo que de verdad quiero es preguntar a la dependienta a modo de letanía: “¿por cuánto me comprarías?” “Estoy usado”.
FINAL II: Bajamos del autobús y nos adentramos por las callejuelas del centro de la ciudad. De repente pasamos por una tienda de segunda mano y me quedo anonadado ante el escaparate. Todo al veinte, al treinta, incluso a mitad de precio. Cojo con ímpetu y determinación la mano a mi chica y entro, para inmediatamente verme a mí mismo en un espejo. El reflejo me asusta. Me dirijo a la dependienta, miro antes a mi chica directamente a los ojos, y ésta me suplica con cariño: “No cari, por favor, no lo preguntes”.
BASI JORQUERAFebrero 2016
















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