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DIARIO DEL VIAJE A LA CIUDAD DEL PISUERGA

  • 11 may 2017
  • 10 Min. de lectura

Mañana de 25 de abril del 2017. Amanece con una dosis extra de ilusión de la normalmente prescrita por cualquier facultativo. Esta sensación es común para los seis viajeros Noemí, Alejandro, Adrián, Miriam, Antonio y el que escribe. Motivo de la dosis extra no prescrita: el inminente viaje a Valladolid para conocer a compañeros como Guille y Pedro y a profesionales como Laura, que por aquellas tierras de ancha es Castilla han formado una asociación de usuarios de salud mental—psicodolientes-- llamada Caleidoscopio y algunos de sus miembros van a participar en la mesa de las jornadas en el congreso.

Para Antonio, nuestro psiquiatra de guardia, el viaje tiene un plus, y es el reencontrarse con compañeros y amigos de la ciudad del Pisuerga, puesto que él estuvo ejerciendo allí un tiempo.

Con las maletas en la mano y la ilusión, la alegría y la expectación, propia de estos viajes, a flor de piel, nos subimos al Altaria de las nueve menos diez rumbo a Valladolid, con transbordo en la estación de Chamartín—Madrid--. El viaje discurre tranquilo entre la bipolaridad de Noemí por excesivamente tranquila y callada y la verborrea y la actividad mía y de Alejandro que no para de levantarse para aprovechar las paradas y echar unas caladas al cigarrito para calmar una ansiedad que le come. Situación muy común entre psicodolientes.

Llegamos a Chamartín sin novedad en el frente y después de echar el cigarrito nada más bajar del tren, nos encaminamos a almorzar en una franquicia de la estación, fría y medio vacía a pesar de lo concurrido del sitio. La gente, gente totalmente anónima por la estación, va y viene con una finalidad en sus cabezas que solo ellos conocen, ajena totalmente unos a otros y con el único propósito de que sus maletas no choquen y se abran, y tengan el fastidio de tener que hacerla, seguramente por segunda vez en el día. Hacemos tiempo echándonos algo al estómago para reconfortarnos y con tiempo bajamos otra vez al andén para coger de nuevo el tren esta vez sí rumbo a la tierra de Zorrilla. Después del cigarrito de rigor, claro.

Arribamos a Valladolid a la hora prometida por RENFE y contentos y felices con las maletas en la mano tenemos el primer encuentro con las calles de la capital de la comunidad castellano leonesa, después del cigarrito de rigor, claro. La primera sensación es que las gentes tienen a su disposición una ciudad de avenidas anchas, calles largas y plazas amplias que están infrautilizadas porque, no sé si será por la hora o por el día en cuestión, hay poca gente por la calle y un dato curioso la juventud ha sido víctima de un capítulo de walking dead porque no se ven, están ausentes, secuestrados, como si algo o alguien les hubiera metido miedo para salir, por no sé exactamente qué razón. Como si les hubieran advertido de nuestra presencia y nos castigaran con su ausencia.

También me percato de que Mónica López—la del tiempo de la 1—miente más que habla porque prometía frío y lluvia para esa tarde y hace un sol y un bienestar envidiable hasta para las tierras del sur; las plumas y los chaquetones nos pesan esa tarde.

Dejamos el nimio y estricto equipaje en el céntrico hostal; un sitio lúgubre por lo antiguo, viejo y con historia, falto de luz y claridad pero que cumple su función: la de un sitio en el centro para descansar y dejar nuestros escuetos enseres y punto de reunión por si pasara algo extraño; nos perdiéramos o alguien se encontrara indispuesto. Tuvimos que esperar en la puerta a la encargada de darnos las llaves porque el tipo del hostal con el que había hablado Miriam se encontraba fuera, de viaje nos dijeron. Todo correcto porque aprovecharon para el cigarrito de rigor. En las conversaciones entre nosotros se palpa la ilusión y lo contento por haber venido. En los seis, sin duda ninguna.

Una vez dejadas las pequeñas maletas comenzamos nuestro paseo de iniciación por las solitarias calles de Valladolid. La sensación es esa porque al ser las avenidas y plazas y jardines tan amplias da la impresión, por mucha gente que haya, de que están vacías; no sé, es una sensación extraña que me persiguió toda la estancia en esa ciudad.

Antonio, perfecto guía improvisado, nos condujo por las calles de la ciudad parándonos aquí y allí para una foto de recuerdo ante una iglesia, ante la catedral, ante la figura de alguna estatua de Felipe II o al lado de las rejas por donde sacaron a éste para ser bautizado en un templo que por tradición no le correspondía. Como estábamos sedientos nuestro guía nos llevó a un bar en una placita con una iglesia de fondo y marco incomparable para tomarnos una cañita y saciar nuestra sed. El sitio tenía solera por antiguo, y parecía que también por historia y tenía en sus paredes anchos espejos que se utilizaban, según Antonio nos dijo, para que el tabernero solícito y por vender más tuviera contentos a sus parroquianos y para saber en todo momento lo que faltaba en las mesas. También había fotos de un sinfín de actores y actrices y literatos famosos. De allí nos fuimos a un chiringuito en las inmediaciones del río a ver caer la tarde y charlar un rato de lo que habíamos visto hasta ese momento. Surgió una conversación muy chula acerca de la experiencia de Antonio en una cárcel, no penséis mal, no como recluso sino como psiquiatra.

De allí nos fuimos hacia el casco antiguo para tapear algo pues los estómagos ya nos crujían. Fuimos a tres sitios distintos pues parece ser que en Valladolid cada tasca se especializa en un manjar a cada cual más delicioso, como comprobaríamos después. Antonio, amo de la noche en ese momento, nos condujo sabiamente a unos bares cuya especialidad eran las croquetas, la comida japonesa y las tostas, aunque a decir verdad nos faltó la ensaladilla, mejor que la de la madre de Antonio según su calificación. Manjar exquisito tendría que ser pues para estar mejor que la de su madre…, pero espectacular forma de acabar el día, pues de allí nos fuimos a la pensión dando un paseo por unas calles inexplicablemente vacías porque tampoco era tan tarde para una capital como Valladolid.

No sé los demás, que me imagino que también, pero Adrián y yo, que compartíamos habitación, caímos en la cama como si ésta fuera el refugio de los dioses salvándonos de alguna maquinación humana. Hasta mañana le dije yo a Adrián; hasta mañana, me respondió él. Y así fue.

A la mañana siguiente ducha para despabilarnos y desayuno en una franquicia cerca del hostal con las camareras más serias y secas que un ajo porro. Y eso que eran guapas, pero vaya, ni forma de arrancarles una sonrisa. Después de reconciliarnos con la mañana nos fuimos a patear un poco la ciudad y a visitar los sitios de recuerdos de Valladolid: imanes para frigoríficos, peluches, tarjetas postales, llaveros, vino Ribera del Duero, en fin, lo típico de allí. Después pasamos por una plaza copada por productos de la zona: fresas, espárragos, tomates, lechugas…para hacer tiempo y coger el bus de las doce y media rumbo al Hospital Universitario Río Hortega donde se ubica el CIC—Centro de Intervención Comunitaria—que es como nuestro ETAC de Cartagena y donde están algunos de los psicodolientes de Valladolid. Allí conocimos a Pedro, Mari Sol, Marta, Laura, Guille, Nuria y Santi y a un hombre, ya con años a sus espaldas, al que le gustaban mucho los churros pues no paraba de hablar de vasos de chocolate, porras y demás. Curioso el tipo.

Interesante también Pedro, por lo jovencico y porque dentro de su cabeza anidan letras comprometidas con el malestar psíquico; reales, duras y que definen muy bien lo que sentimos muchos psicodolientes. Ahí va una estrofa, porque son auténticas poesías desde el otro lado:

"¿Quién va a comprenderme /si estoy como una cabra? / tengo el alma rara/ que suspira y divaga/ por lo que ellos locura llaman."

Sin palabras. Chapeau por Pedro y sus Pedradas.

Guille también merece una reseña especial. Es joven también, no llega a la treintena, pero no por eso deja de ser un experto y un activista en lo que a la locura se refiere. De hecho, forma parte de la asociación Caleidoscopio y del programa Fuera de la Jaula de RNE-R5 de Castilla León, aunque ese miércoles no estuvo en la grabación del programa porque es un tipo que reivindica la actividad de los psicodolientes y predica con el ejemplo. Tiene unas ideas un tanto peregrinas de lo que es la enfermedad mental y lo que rodea a quienes la padecemos; es un terrorista con las palabras, pero es una persona interesante y a tener en cuenta y además es uno de los que viene a hablar en la mesa del congreso.

Marta también me llamó la atención por su discurso en la radio y por lo simpática, cariñosa y solícita que estuvo con nosotros. Es pintora abstracta y la conocimos, como a la mayoría, en el CIC—Centro de Intervención Comunitaria—; además de en pintar vuelca su imaginación en escritos que lee, o no, en el programa de radio Fuera de la Jaula. Dice que, como muchos artistas, pinta en largas sesiones nocturnas y que luego tiene que recuperar la energía empleada descansando durante el día. Una artista por sus cuadros y una artista ante su vida, no hay duda.

Después de charlar largo y tendido con Guille sobre las prestaciones que según él incitan a la inactividad, sobre el trabajo que es al fin y al cabo fuente de actividad para los psicodolientes y también sobre el buen uso de los términos, de las palabras que usa la gente en general y nosotros mismos para definirnos, mis compañeros se fuman un cigarro que por cierto no sé cuántos van; ¡a estas alturas he perdido la cuenta!

Comemos deprisa y corriendo, pues se nos hace la hora de la grabación del programa Fuera de la Jaula, en el comedor que tienen allí en el CIC con parte de ellos y nos dividimos en dos grupos para ir a RNE. Mientras esperamos Miriam y yo curioseamos un poco los posters de las paredes del CIC. Nos llama la atención uno que habla del lenguaje y el deseo y de la forma de referirse a lo que nos pasa a los psicodolientes. Como observamos las palabras son muy importantes para los de Valladolid. Por ejemplo, llamar conciencia de sí mismo a lo que normalmente se dice conciencia de enfermedad; decir los fármacos a veces ayudan en vez de los fármacos son necesarios; cambiar biológico por subjetivista; y así un largo etcétera.

Yo me voy en el coche de Laura con Miriam, Santi y Nuria y por otro lado van Antonio, Alejandro, Noemí y Adrián. Cruzo dos palabras contadas con Santi, pues está un poco hermético y reticente de hablar conmigo y descubro que le gusta la pintura y está estudiando segundo curso de Historia del Arte en la facultad de Valladolid. ¡Olé sus huevos!, pienso tras un pequeño brote de envidia sana.

Cuando llegamos a la radio está medio Valladolid allí. Un señor de barba de cuyo nombre no puedo acordarme nos enseña, antes de grabar, lo enseñable de la radio y se palpa una alegría que se nos contagia a los de Cartagena. Fotos, besos y abrazos y 1,2,3 acción; empezamos a grabar. Modera Carlos y toma la palabra Omar y Marta por parte de ellos y Alejandro, por nuestra parte, se tira al ruedo después de silenciosas discusiones conmigo por ver quién toma la palabra. Se habla de cómo está el tema de salud mental en Cartagena, de cómo está nuestro centro de rehabilitación en particular, del estigma que tenemos que soportar los psicodolientes por parte de la sociedad y de cómo está el trabajo para los que padecemos algún tipo de malestar psíquico. Se me hace más corto de lo que esperaba pues los nervios, común en los cuatro, se van atemperando conforme nos hacemos a los micrófonos y al estudio de grabación. Terminamos de grabar y más fotos, más besos y más abrazos. Nos calmamos todos un poco, pues la experiencia ha sido fuerte y nos vamos con todos ellos a tomarnos un café a una cafetería cercana.

Omar, mientras tomamos el café, nos habla de su experiencia en la asociación que lleva año y medio de andadura. Se llama Caleidoscopio y da voz a los que padecen algún tipo de malestar psíquico en Valladolid ante la sociedad y ante los profesionales y está formado única y exclusivamente por psicodolientes. En sus estatutos uno de sus artículos es darse ayuda mutua entre ellos y eso a mí me mola. Nos anima a montar nosotros una en Cartagena y le cogemos la palabra pues sería bueno crear una en nuestra tierra para evitar muchas tropelías que se cometen, por parte entre otros de los profesionales, en nombre de la salud mental y supuestamente por nuestro beneficio. Sin tomarnos en cuenta, claro, en la mayoría de los casos. Del café sacamos la idea clara de montar una asociación en nuestra tierra.

Terminamos y nos vamos a una conferencia que da Fernando Colina, un psiquiatra que trata a muchos de los psicodolientes de Valladolid. Da la charla en la facultad de filosofía; es una eminencia en su disciplina y fue profesor de nuestro Antonio. La conferencia versó sobre Kafka y la identidad; un auténtico tostón de una hora de duración que a mí me sirvió por lo menos para descansar, aunque he de confesar que, entre la metamorfosis, el proceso y las relaciones con sus amantes que eran nada más que por género epistolar yo por poco me duermo por mucho Colina que diera la charla. Comentamos Miriam y yo que si hubiera sido en formato coloquio hubiera sido más ameno porque el tema interesaba. He de decir que de todas formas a mí me hizo mucha ilusión que me firmara un libro que pillé en una librería a la que Antonio nos llevó esa mañana y que estaba muy chula por la cantidad y la variedad de libros de todos los temas que tenía entre sus anaqueles. De allí nos fuimos con Colina y sus colegas, entre ellos Laura, amiga de Antonio y psiquiatra también, a reponer líquidos porque estábamos secos. Estuvimos con ellos cerca de una hora y después encaminamos nuestros pasos, bien guiados por Miriam, a un restaurant del centro de la ciudad de Zorrilla para alimentar también el cuerpo después de haber alimentado el alma con la charla de Colina. Un poco cansados cenamos, charlamos un poco y poniendo el GPS de un móvil porque estábamos un poco desorientados Miriam, nuestra brújula esa noche, nos condujo al hostal para descansar un poco pues al día siguiente a las siete y cuarto debíamos, con mucha pena pues la gente de Valladolid nos había acogido muy hospitalariamente, coger el tren rumbo a la ciudad tres veces milenaria.

Y ya poco más; llegamos a Madrid sobre las ocho y media de la mañana, desayunamos en la estación de Chamartín cogimos el enlace y trayecto de vuelta hacia Cartagena que se nos hizo a todos un poco pesado. Llegamos y fin del viaje, cigarrito de rigor y fin del diario.

 
 
 

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