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Re-latos de Basi (5): ESQUIZO

  • 11 may 2017
  • 5 Min. de lectura

De súbito me desperté. Sudando, acalorado, preocupado porque intuía que algo dentro de mi ser no iba como de costumbre. Lo intuía. Intenté coger mis gafas. -Sin gafas no veo un carajo-. Pero mi mano no respondía. Coge las gafas decía mi mente, pero mi mano no se inmutaba. Nada, que no quería. Me asusté, porque no me había pasado nunca. Probé a darle otra orden a mi cuerpo: levántate y anda. Di a mi cuerpo unos segundos para que acatara mi orden, pero ni caso. Yo, una persona responsable, he de decir que un poco autoritaria, decente, sin mácula, empresario de éxito, al que todo el mundo obedece sin rechistar, y va mi cuerpo y se me declara en huelga. Con lo que yo odio las huelgas.

Por fin, no sé ni cómo ni por qué, al cuerpo le da por levantarse y a la misma vez coger las gafas. Caprichoso el muchacho, pensaba yo.

Un poco mosca decido poner mi cuerpo a prueba, y pienso que quiero calzarme las zapatillas. El suelo estaba helado, la habitación fría. Va mi cuerpo y el muy cabrito se me tumba otra vez en la cama. Joder con mi cuerpo, pienso. ¿Qué le habré hecho? Pienso en no pensar y simplemente actuar. Consiste en no darle pistas a mi mente pensaba yo, pero al mismo tiempo pensaba ¡que tonto eres coño! Si eres tú el que piensa, cómo no se va a enterar tu mente. ¡Qué tontería!

Qué tontería, qué tontería… pero me veía encerrado, atado de pies y manos, secuestrado por mi mente, alienado por ella, como si estuviera encerrado en una cárcel mental. Sentía preocupación, miedo, a un paso del pánico, porque, analizando la situación, la verdad es que me sentía acojonado.

Podía estar soñando, pensé que pensaba. Podía no ser real. Podía estar en un bucle mental. Joder, era como tener un espía dentro. Un espía infiltrado. Pero un espía a sueldo de quién. ¿Para quién trabajaba ese maldito espía? ¿Para los nazis o para los aliados? ¿Para qué tipo de fuerza? ¿Quizás para el lado oscuro? Joder me estaba volviendo loco. Y eso que el día acababa de comenzar. Claro era lunes. Malditos lunes.

Respiré un par de veces como había aprendido en clases de tai-chi. Respiración profunda, sosegada, siendo consciente de mi cuerpo y a la vez de mi mente. Me tranquilicé por un instante que me supo a gloria. Me rearmé de valor. Lo necesitaba para intentarlo otra vez.

Decidí ir al baño, como hacía siempre, a quitarme las telarañas de la noche. Di un paso, dos, el tercero me costó, pero también lo di. Abrí la puerta y cuando llegué al lavabo alcancé a abrir el grifo del agua fría. A ver si me despejo así, me dije. Pero mis piernas me fallaron y caí de golpe sobre la tapa del W.C., que afortunadamente estaba cerrada. Pensé que podía padecer alguna lesión medular. Pero lo descarté inmediatamente porque en ese mismo momento mi mano se rascaba los huevos sin ninguna orden mía. Claro dije yo, el lugar y el momento propicio.

La situación se complicaba. Mi mujer y mis hijos estaban de viaje. Si no, me toca dar explicaciones de si me había emborrachado la noche anterior con mis amigotes. Joder qué lucha: mi mente, por un lado, mi cuerpo por otro y mi mujer y mis hijos que estarían dilapidando por ahí mi dinero. Y para colmo tenía reunión de managers en mi oficina a las nueve en punto. Y eran las ocho y cuarto, y yo sin estar desayunado, duchado, acicalado y vestido.

Por una vez en la vida echaba en falta a mi queridísima esposa. ¿Qué me diría ella? ¿Me diría: “Braulio, no te preocupes que no te pasa nada?” Un poco de estrés del trabajo, pero eso se arregla con un par de días de vacaciones. No, la muy jodida metería el dedo en la llaga y me diría. “Joder, Braulio ¿qué coño te pasa? pareces un pollo sin cabeza. ¡Estás loco o qué! Mira que decir que te va la cabeza por un lado y el cuerpo por otro. Eso sólo te puede pasar a ti, cari”. Lo de cari era para desengrasar. Ella te ponía de vuelta y media, te decía que eras un tonto del culo, pero siempre con cari de por medio. Yo estaba harto, pero ahora me preocupaban otras cosas. Sí, la echaba de menos, aunque sólo fuera porque en estos momentos me dijera con retintín lo de cari. Al menos por sentirme acompañado. Dicen que las penas con pan son menos. Yo digo que las penas con mi cari son menos penas. Comprensión es lo que quería de mi cari, pero como si nada.

Conseguí levantarme de la tapa del retrete y me dirigí a la cocina a meterme mi chute matutino de cafeína. Pero hoy no era un día como otro cualquiera. Mi mente quería poner la cafetera, pero mi mano en vez de eso puso la mano en el fuego. Joder que daño. Me abrasé entero y dolía, dolía y mucho.

La cosa se complicaba. Mi cuerpo ya había empezado a agredirme. ¿Habría alguna asociación a favor de los hombres a los que les agrede su cuerpo? No creo, pero podría haberla. Estaría bien que la fundara yo, porque realmente no conocía ningún caso parecido al mío, pero, por pura estadística haberlos los habría. ¿Y si me subvencionaran? Podría vivir como un puto político. Reunión por aquí, comida por allá y de vez en cuando un viajecillo en business para reunirme con maltratados por su cuerpo de todo el globo terráqueo; pero claro para eso habría que tener de socios a inmigrantes o mujeres maltratadas. A ellos sí que les darían una subvención. Seguro.

Pero no estamos en eso. El café opté por hacerlo en la nespresso, y oye salió bien, pero cuando fui a coger una cucharilla para echarle el azúcar, en vez de la cuchara la mano cogió un cuchillo de sierra de esos para cortar solomillos y otras carnes, y claro, me asusté. Yo queriendo tomarme el café -eran ya las ocho cuarenta- y mi mano con ganas de bronca barriobajera. Joder, tenía que

hacer algo. ¿Llamar a mi cari o al 112? Mi cari estaba en el Algarve pasando una semana con mis queridísimos hijos, y el 112 me tomaría por loco. En ese momento tomé conciencia de que estaba solo, y tendría que salir solo de ésta.

A ver para qué valían mi licenciatura y posterior máster en ADE. Ocasión era para utilizar todo mi ingenio y mis conocimientos. Si fuera uno de las COE a lo mejor me las apañaría mejor pero sólo era un puto licenciado en dirección y administración de empresas. Que no era poco, para como está el patio, pero en ese momento juro que me hubiera gustado estudiar lo que estudió MacGyver

La cosa se ponía chunga. Mi cuerpo, o mejor dicho el ente que albergaba mi yo, se rebelaba agresivamente porque la mano con el cuchillo de cortar solomillos se puso en mi gaznate, y yo claro me hice caquita, como aquél que dice. Quería soltar el cuchillo, pero la mano, ni puto caso. Recé hasta en arameo porque, por un instante, me vi desangrándome como un cerdo en una pitanza campestre.

Intenté sujetar la mano derecha con la izquierda, pero como si quieres flores Margarita. Todo el cuerpo contra mí. Me sentía como Marlon Brandon en Rebelión a bordo. Ni puto caso a la autoridad. La mano ya apretaba el cuchillo contra mi cuello y yo me veía con el agua al ídem.

De repente suena el móvil, que para colmo lo tenía con la canción de Mike Oldfield del exorcista. Lo cojo con miedo porque era mi cari y me pregunta ¿cómo estás cariño? Yo no sé cómo pero su voz me pareció un auténtico exorcismo, auténtica magia blanca. “Te quiero Braulio y te echo de menos” y en ese momento mi mano suelta el cuchillo de cortar solomillo, coge la cucharilla, echa un poco de azúcar al café y me lo bebo como si tal cosa.

Y yo también le digo: “Te quiero, cari”.

 
 
 

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