Re-latos de Basi (7): EL BROTE
- 12 jun 2017
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Había sido un día duro, caluroso, húmedo y largo. Mi jornada terminó a las siete como siempre, bajé al parking de mi bufete, abrí la puerta de mi coche, dejé la chaqueta y la corbata que ya me estaba aprisionando el cuello y me asfixiaba, sobre el asiento del copiloto, presioné el start, puse la radio ya que sabía que a esa hora mi chica estaría escuchando el programa que sonaba, pisé el acelerador y salí disparado hacia la reconfortante y cálida compañía de María, que me estaría esperando con su barriguita de veinticuatro semanas, pues esperábamos gemelos para octubre. Libra será, me dijo mi mujer cuando me dio la noticia; lo que no me dijo es que venían dos de camino; eso nos lo dijo el ginecólogo en la primera eco que nos hicieron a los tres meses, y digo nos a conciencia porque fue un embarazo muy deseado por ambos, después de siete años como pareja.
Puse el aire del coche pues el sudor me caía como auténticas cataratas por la frente y hacía que me empapara la camisa que, aunque de lino, ya me estaba pesando. Y ocurrió lo que nunca me había pasado, me perdí, me desorienté durante un trayecto que había hecho cientos de veces en cientos de tardes como aquella, no supe llegar a casa. Mi respiración se aceleró de repente, la taquicardia me impedía respirar con normalidad. No sabía qué hacer, así es que paré en una calle de la cual no me sonaban ni las tiendas ni los portales ni la gente que paseaba tranquilamente por sus aceras. Eso sí, noté que la gente me miraba durante más tiempo de lo imprescindible. Pensé que me estaban espiando, que no era bienvenido allí donde me encontrase, que la gente me miraba y cuchicheaban algo que no acertaba a oír pero que seguro que era sobre mi persona, que me observaban de una manera extraña; incluso alguien dentro de mi cabeza me decía que la gente era muy maquiavélica y que tenía que llevar cuidado con ella. La radio dejó de funcionar y entonces cogí el móvil y fui en auxilio de mi compañera; le pedí, intentando mantener lo más posible la calma, que viniera a por mí, porque estaba tan atemorizado que no me atrevía ni a salir a preguntar dónde estaba, como me pidió ella casi sollozando pues alguna referencia le tenía que dar.
La espera se me hizo eterna pues mi pensamiento funcionaba y cavilaba a una velocidad que ni Einstein cuando enunciaba la teoría de la relatividad. Y estaba asustado, muy asustado. Mis elucubraciones iban desde estoy aterrorizado porque me mira la gente, pasando por cuánto tarda mi chica, hasta qué me estará pasando, pues vivía una realidad paralela. Pero todo ello a una velocidad de vértigo. Mi chica llegó asustada también, abrió la puerta de mi coche y nada más verme la cara ¿cómo la vería? que me dijo muy cariacontecida: “¿Qué te ocurre cariño?” “¿Qué es?” “¿Qué te pasa?” Otras veces para describir como nos sentíamos recurríamos a canciones o a poemas que expresaran como nos encontrábamos en ese momento pero esta vez mi mente estaba espesa, nublada, oscura y no supe qué contestar porque no sabía por dónde empezar, si por la voz que oía dentro de mi interior o por las miradas extrañas que me dirigía la gente, como si me conocieran por algo malo que hubiera hecho y ahora con sus miradas me lo reprobasen de alguna manera. Tranquilo, me dijo haciendo de tripas corazón viendo que no me salía la voz del cuerpo, tan turbado y afectado estaba. Cogió ella mi coche y nos dirigimos a casa en un silencio y con una tensión que cortaba el aire. Veía a mi chica gorda y no sabía por qué se encontraba en ese estado. La notaba diferente y la sentía a mi lado como una extraña, no entendía por qué se sentaba a mi siniestra ni tampoco sabía hacia dónde nos dirigíamos en ese momento pues mi pensamiento divagaba. Puso la radio que esta vez sí funcionó. Paró en un semáforo y su luz roja me quería advertir de algún peligro pero no acertaba a vislumbrar de qué tipo o naturaleza. Estaba en alerta como un mastín en posición de caza; con todos los músculos en tensión por lo que pudiera pasar. A pesar del aire sudaba como en una sauna. El corazón todavía disparado; la cara blanca como la harina; el pensamiento acelerado. Mi chica me veía obnubilado y ella casi que también porque estaba aterrada. Nunca me había visto así.
Llegamos a casa, nos sentamos en el sofá, me miró a la cara y me dijo muy seria pero cogiéndome la mano para serenarme, “cuéntame cariño”. Yo ofuscado como estaba me debatía en decirle, pues conservaba todavía un poco de cordura ya que estaba entre dos aguas: No sé qué coño hago contigo, no sé qué hago aquí o no sé qué me sucede porque mis manos, mis piernas, mis brazos no los sentía como propios, los extrañaba, me parecían meros apéndices de mi ser, no pertenecientes a un todo que formaba parte de mi ente, la persona que tan bien conocía mi chica. La situación me desbordaba, podía conmigo porque estaba sufriendo pero las palabras no salían de mi boca. Oía, respiraba, veía, podía mover mis extremidades, pero estaba catatónico, ausente, en mi mundo paralelo. Y mi chica por mucho que lo intentaba no me ayudaba nada, pues para mí era una amenaza su presencia, un peligro inminente alguien con quien estar alerta porque su presencia me intimidaba, como la gente de la calle hacía un rato. “¿Pero qué te pasa?” “Dime algo, cariño”. Yo quería hacerle caso, pero no podía. Mi aparato fonador no se activaba a las órdenes que provenían de mi cerebro. Se había producido un cortocircuito en algún lado del recorrido nervioso. Mi chica puso la radio, la voz del locutor siempre nos calmaba. Se escuchó por el altavoz del aparato: …dentro de su cabeza habitan las hormigas, los murciélagos, los dragones, las voces, los enanos deformes, las serpientes y los quejíos…Yo la miré a la cara y con mucho esfuerzo le dije: “eso es lo que me pasa”. Y ella se levantó cogió el móvil y llamó al psiquiatra de guardia.
BASI JORQUERA 9-5-2017
















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