top of page

Re-latos de Basi (8): LA PÚSTULA

  • 12 jun 2017
  • 3 Min. de lectura

Mis familiares y amigos no quisieron decirme nada. Por si te heríamos, me dijeron luego. Por si sufrías. Por tu bien.

A mí por supuesto me hubiese gustado saberlo por ellos. Luego me sentí como un maldito adolescente al que su novia le pone los cuernos con el chulito de la clase. Todo, todo el instituto lo sabe menos, claro está, el lelo afectado. Que efectivamente era yo.

Me sentía mal: herido, por la falta de confianza de los que quieres; cabreado, porque había sido engañado durante mucho tiempo por todo el mundo; sobreprotegido como un niño pequeño al que no exponen al peligro...

Iba a un centro de rehabilitación de salud mental, porque mi psiquiatra, al que había sido derivado por mi doctora de cabecera, me diagnosticó como psicótico, porque decía que mis delirios eran más frecuentes de lo que me pensaba, y aunque para mí eran muy reales, era todo síntoma de la enfermedad. Alucinaciones no había tenido nunca, aunque muchas veces, todo me olía a chamusquina.

Mis síntomas eran claros: personas que me miran al pasear por la calle, ir a por el pan o coger el autobús. Corrillos de gente que se juntan para murmurar, sin pensar en si me puede molestar o hacer daño. Sensación de que pasa algo conmigo y no sabes exactamente el qué. Síntomas nimios como se ve, pero un día y otro y otro con lo mismo, pues cansa, agota y preocupa.

Yo me miraba al espejo día sí y día también y no me explicaba por qué mi presencia suscitaba esas reacciones en la gente. Salía de mi casa recién duchado, peinado y acicalado; no vestía ropa llamativa y siempre me había sentido uno más. Uno del montón. Sin sobresalir ni por arriba ni por abajo. Gente. Me sentía gente, pero por más que me observaba no encontraba el motivo de esas miradas y murmullos.

Pensé en promocionarme vistiendo camisetas de marca, pantalones esponsorizados y zapatillas archiconocidas, aprovechando el tirón de mi imagen. Pero luego recapacité y me di cuenta de que “ gente pa lo bueno y pa lo malo”. Se piensan muchas tonterías en ese estado alterado de la conciencia. ¿Hubiera tenido tirón? Quién sabe.

Los críos suelen ser más crueles porque no tienen filtros y van a lo directo: ¡Jo, mira ese!; o ¿has visto?; o directamente me señalaban y se reían. Yo ya estaba harto. Harto de ser el hazmereir de la gente en las paradas del autobús; harto de miraditas a hurtadillas allá por donde pasaba; harto de que la vecina, por la que el odio era mutuo, se riera por lo bajini cuando coincidíamos en el ascensor. En este caso no sé de qué estaba más harto, si de que ella se riera de mí o de no tener nada de lo que reírme yo de ella. Curioso ¿no?

Un día, a punto de cometer una locura y viendo que la medicación no lograba el efecto deseado, decidí visitar a una amiga de una amiga de una conocida. “Sesenta pavos” me dijo nada más entrar y verme el careto. “Siéntate”, me dijo. Yo pensé en tumbarme, porque por ese precio…pero le hice caso y elegí una silla cómoda con respaldo. Parecía que estaba en la consulta de mi psicóloga, si no fuera por las macetas y el póster del Bisbal.

“No me digas más”,-- me dijo de sopetón sin que yo hubiera pronunciado ni una sola sílaba--. “Quieres saber por qué la gente te mira descaradamente”. “Por qué se ríen de ti los chavales y por qué la gente forma corrillos cuando te ven venir”. “Muy bien, dame tu mano izquierda, respira profundamente y concéntrate”. Yo no salía de mi asombro y perplejidad. Se la di, preguntándome cómo sabía todo lo que me había dicho. Tres años con mi psicóloga trabajando las emociones positivas y la asertividad y viene esta tía y me pide que le de la mano y me concentre. Increíble. Los caminos del Señor son inescrutables, pensé. Se la di y me dijo muy seria y cariacontecida: “ahora relájate, cierra los ojos y déjate llevar”. Lo hice y me percaté de que conducía mi mano hacia el frontal de mi cabeza. “¿Qué notas?”, me preguntó. “Un bulto enorme, grande y pustuloso”. Me quedé perplejo y muchas preguntas que me hice durante mucho tiempo fueron respondidas al instante. Sólo me quedaba un poco de curiosidad. “¿Y por qué yo no lo puedo ver en ningún espejo, ni sentirlo con la mano?” “Porque es un bulto fantasma que huye de la realidad de la persona en la que se instala”. “Es más común de lo que te imaginas aunque el número de prevalencia en el mundo es muy bajo”.”Ah”, dije yo; “me quedo más tranquilo”.

Salí exultante, contento y feliz y fui al Corte Inglés a comprarme una gorra. Cuando salí, mis problemas habían desaparecido.

 
 
 

Comentarios


Posts Destacados 
Posts Recientes 
Encuéntrame en:
  • Facebook Long Shadow
  • Twitter Long Shadow
  • YouTube Long Shadow
  • Instagram Long Shadow
Other Favotite PR Blogs

Enlace externo. Edita aquí.

Enlace externo. Edita aquí.

Enlace externo. Edita aquí.

Enlace externo. Edita aquí.

Búsqueda por Tags

© 2023 por Haciendo Ruido. Creado con Wix.com

  • Facebook Clean Grey
  • Instagram Clean Grey
  • Twitter Clean Grey
  • YouTube Clean Grey
bottom of page